¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué
inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo,
poder gozar de todo
sin haberlo soñado, sin que nunca
un ligero esperar prometiera
la dicha,
esta dicha de fuego que caía
tu testa,
que te empuja de espaldas,
te derriba a un abismo
que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y sólo abismo
de ti hasta la muerte!
¡Tus brazos!
Son tus brazos los mismos
de otros días,
y tiemblan y se cierran
en torno de su cuerpo.
Tu pecho, el que suspira,
ajeno, estremecido
de cosas que tú ignoras,
de mundos que lo mueven