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La Pintura (Menelao Cortazar)

Ella me había pedido no sé que cosa,
para arreglar su escritorio,
que no pocos días se balanceaba por no tener las patas parejas.

Por eso fui,
no de muy buena gana,
ya casi sería la hora
de la comida y ella se le ocurría.
Baje al almacén,
que era grande y espacioso,
lleno de anaqueles,
sosteniendo cosas
que se relacionan con el mantenimiento.
Silbaba para apaciguar mi furia,
la melodía era lo de menos,
cuando ella entro.

No fue dulce,
al contrario me reclamo mi demora con las piezas.
Ella vestía con un pantalón blanco ajustado,
tanto que se podría distinguir los trazos de su breve ropa interior.
Empezó a deambular con curiosidad.

Estaba yo ya tan nervioso que no supe ni
porque me había subido a la escalera,
ella en cambio, a la hora de llamarme,
sabía bien cual era su plan:
"Rápido que ese bote de pintura se cae",
corrí y lo sostuve.

Ella se puso enfrente de mí, mirando empero,
más pinturas o simulando que miraba.
Mientras los acomodaba, por su estatura,
su cabello de miel me quedaba cerca de mi nariz,
olía muy bien, que hasta hoy no se desaparece el olor mágico.

Pero mas aún, cuando ella retrocedió un poco,
con la idea muy bien definida,
de que su par de nalgas perfectas haría colisión con mi sexo.
Yo ya estaba libre de las manos,
ya había puesto en su lugar la pintura que ella desacomodo,
no tenía razón pues para seguir atrás de ella.

Ese contacto de la línea de su trasero con mi glande,
que hizo despertar mi pene, no me dio
convicción de quitarme de ahí,
sino al contrario también disimular.
Tenía muy seguro que a estas horas no habría nadie,
y al mirar la puerta del almacén cerrado, me hice más capaz.

Me comentaba que buscaba una pintura
para remodelar algo, pero que estaba indecisa.
Me pedía sugerencias,
ni recuerdo que le mencione,
estaba más a gusto con ese roce espectacular de sus pompis.

Ella era más lista, por ende,
el accionar de agacharse para simular que había encontrado,
jubilosa, el color adecuado,
sabía que me haría sentir más placer de lo que yo sentía,
pues ella se había percatado
que no era ya el pene semi erecto
de los primeros momentos,
sino que ahora era ya un pene en forma,
que estaba como un fierro caliente,
sin recovecos.

Y así lo movió.
Justificando sus movimientos
con al pretexto de buscar muchas combinaciones.
Como sólo rozaba la punta de mi sexo,
este se ponía más endurecido y con el paso del tiempo,
empezó a escurrir algún líquido,
que no era semen,
sino algo preparatorio que tiene los hombres para lubricar la penetración.

Pero no la quería ella, aún no.
Es cierto que sentía un dulce placer,
pero no se conformaría sólo con eso.
Por eso súbitamente se levanto,
como si se estirase, haciendo que, ahora sí,
el contacto con su cabellera con mi dos fosas nasales fuera más franco.

Se acomodo el cabello para que mis labios
no fueran tardos en animarse en juntarlos con su cuello.
Su epidermis no resistió más,
y con una docena de pequeños besitos, se erizo.
Todavía más, cuando mi mano,
ya sin vergüenza, se hundía en su muslo derecho,
creo que en el primer momento de pasar mi mano por su sexo,
aun con ropa interior,
ella libero el primer jadeo, leve, insinuante.

Era una mezcla deliciosa,
mi pene por atrás invadiendo sus nalgas,
mis manos por su sexo,
paseándose, arrastrándose,
sumergiéndose en la humedad de ese hendidura tibia y,
por fin, la otra, atrapando muy fresca,
la libertad de ese par de senos.
Se retorcía, mi boca besaba acuciosamente su cuelo,
pero ella, a pesar de que no lo hacia mal,
ella buscaba ansiosamente mi lengua,
que ya coqueteaba en su nuca.

Sin cambiar de posición,
aun con mi pene enfrascado en su trasero,
muy bien acomodado en medio de ese par majestuoso,
con posición adecuada,
porque su mano había ayudado demasiado;
me dirigió a ese escritorio viejo,
donde pronto quede acomodado,
primero semi sentado,
y con su vista de frente a la mía, después de virarse.

Nos fundimos en un profundo beso,
precioso mano hurgaba mi espalda,
mi pene,
y dibujaba el camino de mis vellos provocados de ira

 

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